La No Regularización.
El cauce y la memoria: Por qué las vallas no detienen la necesidad ni curan el olvido.
La naturaleza jamás ha entendido de aduanas ni de fronteras dibujadas en un mapa. Si observamos el vuelo de las aves migratorias que cruzan continentes al compás de las estaciones, o el viaje silencioso de las semillas transportadas por el viento en busca de tierra fértil, comprendemos que el movimiento es una condición inherente a la vida.
Desplazarse no es un desafío a la norma, sino el impulso primario de cualquier ser vivo por preservar su existencia y encontrar un entorno donde prosperar.
En la historia humana, la migración ha sido el gran motor de mestizaje, aprendizaje y desarrollo cultural. Sin embargo, en el mundo contemporáneo hemos pretendido embalsar ese torrente orgánico mediante la hiperregulación y la edificación de barreras físicas y jurídicas.
Cuando un flujo natural se bloquea con muros, la corriente no desaparece; acumula una presión insostenible hasta que la tensión desborda los márgenes.
Lo que presenciamos en enclaves como Melilla no es el origen del problema, sino la consecuencia trágica de un intento artificial por contener lo inmovilizable.
El Sur ante el escaparate del Norte: La paradoja del consumo
Para comprender la raíz de los movimientos migratorios actuales, es preciso contemplar la profunda asimetría que hemos construido en el planeta. Vivimos en una arquitectura global que permite la libre circulación del capital y de las imágenes, pero castiga con la inmovilidad al ser humano.
Imaginemos por un instante la cotidianeidad de una gran metrópoli del Sur global. Situémonos en Lagos, una urbe gigante de más de veinte millones de habitantes, donde para una inmensa mayoría la subsistencia diaria representa un reto heroico.
En medio de esa carencia de recursos elementales, las pantallas y los medios de comunicación proyectan continuamente la iconografía de la opulencia occidental.
Quien apenas tiene para comer contempla diariamente los anuncios de cadenas de comida rápida, bebidas refrescantes y estilos de vida definidos por el consumo desmedido.
¿Qué conducta cabe esperar de un ser humano expuesto a semejante contraste?
Pretender que una persona hambrienta permanezca impasible ante la exhibición constante de la abundancia es ignorar la propia naturaleza del instinto de conservación.
El desplazamiento del Sur hacia el Norte no es una invasión ni un cálculo arbitrario; es la respuesta lógica e inevitable de quien busca el alimento allí donde se anuncia en exceso. El problema no reside en el deseo legítimo de vivir con dignidad, sino en un modelo que exhibe el festín a través de la ventana mientras mantiene la puerta cerrada con candado.
La memoria sesgada: Entre Sefarad y Al-Ándalus
Esta misma lógica de exclusión y de justicia incompleta se proyecta de forma reveladora en el modo en que gestionamos la memoria histórica y el derecho de ciudadanía.
En los últimos años, el Estado español dio un paso de indudable valor ético al aprobar la legislación que otorgaba la nacionalidad a los descendientes de los judíos sefardíes expulsados en 1492. Más de setenta mil personas han podido reencontrarse de manera formal con las raíces que sus antepasados conservaron celosamente durante más de cinco siglos a través de la lengua, los rituales y los afectos.
Aquel acto supuso el reconocimiento explícito de una deuda histórica y una reparación necesaria.
Sin embargo, este gesto deja al descubierto un interrogante inevitable de justicia distributiva y rigor histórico: ¿por qué no se ha ofrecido una vía de reparación equivalente a los descendientes de los musulmanes españoles, los moriscos, expulsados de manera igualmente violenta entre 1609 y 1614?
En diversas regiones de Túnez, Marruecos, Argelia o Siria, existen comunidades enteras que han custodiado con idéntico fervor la memoria de su origen peninsular. Se trata de familias que conservan hasta el día de hoy patronímicos que gritan su procedencia geográfica, como Al-Mursi (el murciano), Al-Ishbili (el sevillano) o Garnati (el granadino). Personas que guardan las llaves de sus antiguas casas, que mantienen vivas las artes musicales andalusíes, las técnicas tradicionales de regadío y recetas culinarias que forman parte del mismo patrimonio cultural que hoy reivindicamos en la Península.
Ambas expulsiones fueron trágicos episodios de intolerancia institucional que despojaron a seres humanos de su hogar por razones de fe o linaje. Si la herencia de Sefarad es merecedora de retorno y ciudadanía, la herencia de Al-Ándalus no puede ser tratada como un fragmento olvidado o incómodo de nuestro pasado.
Diferenciar jurídicamente el dolor de unas familias respecto al de otras perpetúa una visión selectiva de la historia que responde más a prejuicios contemporáneos o conveniencias geopolíticas que a un verdadero principio de equidad universal.
La ilusión de la frontera y el deber de la equidad
Al cruzar la mirada entre los dramas fronterizos de hoy y los agravios no reparados del ayer, descubrimos una misma constante: la tendencia a levantar barreras donde debería existir diálogo, y a clasificar a las personas según el lado del mapa en el que hayan nacido o los antepasados que profesen.
Las fronteras no se pueden sostener mediante el incremento de la violencia o el alambre de espino. Toda solución que confíe en la dureza de los muros está destinada al fracaso, porque ningún obstáculo físico ha detenido jamás a la necesidad de comer o al anhelo de libertad. La única vía sostenible para que las personas no se vean forzadas a abandonar sus hogares consiste en avanzar hacia un equilibrio real entre los territorios.
Esto exige una doble transformación de nuestra conciencia colectiva:
Por un lado, debemos revisar nuestro modelo de desarrollo y consumo en el Norte. No es ético proyectar hacia el resto del mundo una imagen de riqueza ilimitada basada en el extractivismo de los recursos del Sur, para luego sorprendernos cuando las víctimas de esa escasez llaman a nuestra puerta.
La verdadera sostenibilidad pasa por un reparto justo de los bienes de la Tierra y por permitir que cada comunidad pueda prosperar de manera autónoma en su propia tierra.
Por otro lado, debemos sanar nuestra memoria sin exclusiones ideológicas. Reconocer el legado morisco con la misma dignidad con la que hemos abrazado el legado sefardí no debilita nuestra identidad; al contrario, la enriquece y la reconcilia con su auténtica vocación mediterránea y plural. Un pueblo que no teme mirar de frente la totalidad de su historia está mucho mejor preparado para acoger el presente con madurez y empatía.
Hacia un compromiso con la vida.
Restaurar el equilibrio exige superar la lógica del miedo y la exclusión. Entender la migración como un fenómeno orgánico nos obliga a sustituir la cultura de la contención por la cultura de la cooperación y el respeto mutuo.
Cuando el Norte aprenda a moderar su desmedida ambición de consumo y el Sur disponga de las condiciones para alimentar a sus hijos en paz, el acto de desplazarse dejará de ser una huida desesperada frente al hambre o la persecución. Volverá a ser lo que siempre debió ser en un planeta compartido: un tránsito libre, un intercambio enriquecedor entre culturas y un puente de fraternidad entre seres humanos que reconocen en el otro a un igual.
La historia nos enseña que los muros terminan cayendo o convirtiéndose en ruinas, mientras que los ríos y las semillas siempre encuentran la manera de seguir su camino.
Está en nuestras manos decidir si queremos seguir construyendo diques inútiles o si preferimos aprender a cultivar, con justicia y memoria, la tierra común que nos sostiene a todos.
Punto.
Antonio Álvarez de Garmendia
aadgpolitica@gmail.com
Estoy harto del reality show que se han montado en Ceuta. Por favor un poco de dignidad para todos.
ResponderEliminarBien descrito. Libre circulación del capital pero bloqueo a las personas empobrecidas en el Sur global (por el extractivismo del Norte global). A los "olvidos" españoles sobre el derecho de ciudadanía, tristemente podemos añadir también al Pueblo Saharaui. Gracias Antonio
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